EL SÍNDROME DE ESTOCOLMO 5.0

Tras el escándalo de los datos cedidos por Facebook a Cambridge Analytica, fueron muchos los que pusieron el grito en el cielo y dijeron que iban a dejar la red social; entre ellos el cofundador de WhatsApp, Brian Acton, y el CEO de Tesla, Elon Musk.  Su intimidad había sido comprometida y usada y de alguna manera había que castigar a Mark Zuckerberg.

La red social registró en marzo, tras el escándalo, uno de sus peores datos en Bolsa desde 2014, su jefe de seguridad de la información ya está fuera de la compañía y una multa millonaria sobrevuela Menlo Park. Además, en febrero Facebook registró el primer descenso de seguidores de su historia: los más jóvenes están abandonando sus perfiles. Si la forma de ver la televisión llevamos diciendo un par de años que ha cambiado, el uso de redes sociales por segmento de edad, también.

Pero ¿es tan fácil dejar una red social?

No hablamos de cerrar perfiles, que eso es relativamente sencillo. Hablamos de esa dependencia que nos han creado en nuestro día a día. Ya lo vivimos con Tuenti: la red social fue un boom, por ser la primera o, al menos, la más social de todas. Los usuarios, a medida que crecieron y fueron descubriendo otros medios como Facebook y Twitter, fueron dejando de lado la red de veinteañeros (con más carga de adolescentes, no nos vamos a engañar) y esta acabó por dedicarse al mundo de la telefonía, no sin antes dejar que los usuarios se descargasen sus recuerdos.

Como ya detecto Cambridge Analytica, las redes sociales están pensadas para sacar el máximo rendimiento a los rasgos psicológicos comunes y a las tendencias. Utilizamos las redes sociales para expresarnos, para proyectar una imagen de nosotros mismos (no siempre real) que nos gusta, para mantener los lazos y fortalecer relaciones tanto cercanas como lejanas y para tratar de ampliar esas relaciones, así como nuestros contactos e influencia.

Toda esa información que le aportamos a las redes sociales, la aprovechan para conocernos mejor y así poder ofrecernos el contenido (incluida publicidad, por supuesto) que nos gusta y nos atrae. ¡Benditos algoritmos! Facebook, Instagram y demás amigos del sector nos incentivan para que no paremos de hacer clicks, dar Me gusta y compartir contenido que sabemos que a alguien de nuestros contactos le resultará interesante. Y si nosotros lo hacemos, nuestros familiares, amigos y conocidos que forman nuestra red no se quedan atrás, así que se convierte en la pescadilla que se muerde la cola.

Se crea un entorno que nos entretiene, nos mantiene al día sobre lo que hacen los demás, nos descubre nuevos lugares, nuevas canciones, nuevas marcas y productos de los que podemos hablar con los demás y opinar. Y si estamos cómodos en un lugar ¿nos vamos a ir? Pues parece que no. Juegan con nuestros datos, sí. Pero ¿quién de vosotros se ha parado esta semana a modificar los permisos de Facebook en aplicaciones y sitios web?

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